domingo, 4 de marzo de 2012

El lenguaje

Los orígenes del lenguaje filosófico.
El primer procedimiento al que acudieron los hombres desde la antigüedad para expresar y dominar la experiencia fue el lenguaje. A través del lenguaje el hombre pasó del estado individual de asombro primigenio a compartir con otros semejantes el conocimiento y participar con los demás en la elaboración y construcción del saber de la humanidad.
En la antigua Grecia se produce una circunstancia decisiva en la historia del lenguaje y del saber: la constatación de la insuficiencia del lenguaje ordinario o común como vehículo adecuado de la incipiente epistéme. Con esta crisis del lenguaje se vincula el nacimiento del pensamiento científico considerado como actividad humana autónoma. Fue esta crisis la que impulsó al hombre a intervenir decididamente en las estructuras lingüísticas y posibilitó la construcción de sistemas racionales para la expresión científica.
El descubrimiento de los defectos y ambigüedades del lenguaje ordinario llevó al hombre a indagar acerca de cuál es el origen de las deficiencias encontradas y de ese modo hacer posible su erradicación. Esto lo condujo al estudio de la logicidad intrínseca del lenguaje, al conocimiento de su estructura interna y a valorar su carácter instrumental en la creación científica.
Esta profunda reflexión sobre el lenguaje fue una de las conquistas máximas del pensamiento griego durante el siglo V a.C. Los griegos de esta época aprendieron a conocer el complejo sistema de la lengua, descomponiendo y reelaborando los razonamientos más diversos, construyendo las argumentaciones más sutiles y artificiosas y desmontando las concepciones, ideas y conceptos tradicionalmente tenidos como los más sólidos e irrefutables.
La primera teoría completa y sólidamente construida la constituye la concepción platónica que considera que existe una idea inmutable y perfecta de cada cosa que existe. Más aún, idea y cosa se identifican. El lenguaje necesariamente es expresión de las ideas y se ajusta impecablemente a las cosas nombradas en tanto éstas son concreción, más o menos imperfecta, de las ideas.
El hombre, originariamente, conocía las ideas y, por tanto, poseía el lenguaje preciso que las contenía. La antropología platónica, heredera del mito, caracteriza al hombre con rasgos divinos. El hombre terrenal, material, es una degradación del hombre originario que conoció un estado paradisíaco. Precisamente el hombre, cuando habitaba en el mundo de los dioses, poseía de modo perfecto la ciencia, esto es, el conocimiento de las ideas y también los nombres adecuados de cada una de ellas.
El hombre terrenal, corpóreo, ha olvidado el auténtico conocimiento y se encuentra sumido en el error. Pero tiene la posibilidad de retornar al paraíso perdido si toma conciencia de su ignorancia y se apresta al auténtico conocimiento. Será necesaria una auténtica conversión a la epistéme, que le permitirá encaminarse en dirección a la areté - la virtud-, que no es otra cosa para Platón que el conocimiento de la verdad.
Pero la verdad está en el alma de cada hombre. Es necesario volver la mirada (orthótes) a nuestra interioridad para ir descubriendo, o mejor, redescubriendo, los vestigios de las verdades inmutables, de las ideas. Conocer las ideas es conocer las cosas tal cuales son. La inteligencia humana es absolutamente apta para conocer la verdad. El hombre parte de una situación de total sabiduría, a la cual puede retornar si descubre el camino de la filosofía.
(Agüero Mackern, E; G. Peano y la utopía del lenguaje, Madrid, UNED- Ediciones (Aula Abierta), 2004).