jueves, 6 de febrero de 2014

La filosofía que necesitamos




La filosofía desde sus inicios fue un tipo de indagación acerca de los problemas del ser humano: los problemas reales, más allá de elucubraciones ocurrentes y sin sentido. La filosofía nace como una actitud interrogadora acerca de las cuestiones más acuciantes del hombre de una época. El primer problema que a este se le presenta es el interrogante sobre la naturaleza, se pregunta por el entorno en el que le toca vivir. Lo primero que necesitamos es situarnos en él. Reconocer nuestro contexto real, de lo contrario estamos perdidos.
Si siguiéramos el decurso de la propia historia de la filosofía en nuestra vida personal  podríamos ver claro cómo, muchas veces, vivimos en un contexto, sin ser plenamente conscientes de él. Sin caer en la cuenta de la enorme importancia que adquiere en nuestra vida el marco en el que se desarrolla. Por eso una de nuestras principales tareas desde el punto de vista de la filosofía que profesamos es la de identificar las coordenadas de nuestra propia vida personal, esto es, nuestra propia originalidad incardinada en un contexto concreto.
Una vez que el ser humano -en la antigüedad clásica- obtuvo respuestas satisfactorias al problema de la naturaleza le llegó el momento de indagar en sí mismo. Surge el problema del hombre en el sentido más apremiante y concreto. Este interrogante surge como la pregunta por nosotros mismos (conócete a ti mismo).  Y la solución a esta cuestión nos hace también dirigir la mirada hacia la sociedad, a los hombres unidos en la comunidad política. Y esta tampoco es una elucubración abstracta y meramente teórica, es un interrogante vital en cuya solución nos jugamos nuestra propia vida como personas.

Una buena manera de empezar para los que se acercan a la filosofía por primera vez,  es con la lectura de las enseñanzas de vida que están presentes en los textos filosóficos.

Pero no siempre es fácil que nos surjan estos interrogantes. Algunas veces es necesario haber experimentado lo que llamamos “situaciones-límite”. Otras, necesitamos a alguien que nos saque de la inopia. Que nos haga dirigir la mirada hacia donde hay que mirar. Nos referimos a la figura del  maestro. Esta fue la labor de los filósofos en la época clásica. Eran maestros de vida. El ejemplo más conocido lo tenemos en Sócrates y esa tradición se mantuvo en Europa y Occidente hasta el fin de la Ilustración, aunque de una manera un poco diferente a la originaria. (En la vertiente oriental la tradición primigenia se mantiene aún casi con la misma vigencia que en los orígenes).

Desde mediados del siglo XIX la filosofía, en una buena medida, se convirtió en “filosofía académica”, en investigación erudita y especializada que muchas veces nada tiene que ver con los problemas del hombre concreto ni con la vida real de las personas. De ahí que el filósofo, si verdaderamente quiere ser tal, en buena medida debe abandonar los claustros y salir a la calle. La misión del filósofo (al menos de algunos) es la de ser maestros, en el más puro estilo socrático. Debemos hablar el lenguaje de la gente. No son necesarios tecnicismos para abordar y referirnos a los problemas reales que esperan soluciones.

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