martes, 8 de agosto de 2017

Felicidad y sufrimiento (Recordando un texto para la próxima reunión)

Felicidad y sufrimiento: claroscuro de la existencia humana.

Puedo afirmar sin ambages que el sentido de la existencia humana viene determinado por la búsqueda de la felicidad. A la pregunta fundamental del ser humano (¿cuál es el sentido de mi propia existencia?) respondo que el sentido de la existencia consiste en buscar la felicidad. Y nuestra vida tendrá mayor o menor sentido en función de las cotas de felicidad alcanzadas.
Son necesarias algunas aclaraciones. No se debe buscar la felicidad como algo que existe previamente. No existe nada que podamos considerar la felicidad ideal, ni tampoco nada que nos la pueda proporcionar. No hay ni fórmulas preestablecidas ni doctrinas filosóficas absolutamente válidas. Pueden existir propuestas, frases hechas, slogans que de alguna manera nos dan pistas. Pero la felicidad no es algo que se encuentra como si lo hubiéramos perdido o una cima que ya estaba ahí y que  –con mayor o menor esfuerzo-  solo tenemos que alcanzar.
Nuestra felicidad la construimos (o la destruimos) nosotros mismos a partir de “momentos de felicidad”. Hay algunos momentos, algunas situaciones muy concretas en los que nos sentimos completamente felices. Pasar por alto estos destellos de felicidad, obnubilados por la búsqueda de la felicidad permanente es un grave error.
Podemos encontrar la felicidad en las pequeñas cosas, en simples detalles, en algunos momentos, en determinadas situaciones  que ocurren todos los días. La felicidad consiste en dar a cada cosa su justo valor y nunca más del que tienen.
Cada día al despertarme lo hago siempre con la convicción de que algo nuevo me ocurrirá. Y empiezo el día con la ilusión de saber que no hay ningún día igual a otro. Quizás la principal traba que tenemos para alcanzar la ansiada felicidad la ponemos nosotros mismos. Dos equivocaciones: a) cifrar la felicidad en poseer algo (algo material o un determinado status social o económico) o a alguien. b) Creer que se puede llegar a una felicidad completa y permanente. (Incluso hay quienes creen que esto se consigue en una vida después de la muerte). Estos son los verdaderos obstáculos de la felicidad.

La felicidad está en uno mismo y no en las circunstancias. Debemos poseer “la mitad más uno” de las “acciones” de nuestra vida (adoptando un símil de la economía). Si la mayoría de las acciones las tienen las circunstancias, seremos muy infelices porque no seremos libres. Para ser feliz es imprescindible valorar lo que uno tiene y no sentirse desdichado por lo que no se tiene. Muchas veces nos sentimos infelices porque nos comparamos con los demás a quienes imaginamos mucho más felices de lo que  son en realidad.
Hay quienes buscan afanosamente la felicidad sin ser capaces de darse cuenta que tienen lo necesario para ser felices al tener posibilidades de conseguir importantes momentos de felicidad. De este modo se sienten infelices y no saben que se encuentran en esta situación a causa de su propia “filosofía” que les juega una mala pasada. Si cambiamos nuestra filosofía, con los mismos ingredientes nuestra vida puede cambiar y sentirnos más felices, porque, al fin y al cabo, en una buena medida ser felices es “sentirnos felices”. No deja de ser un estado de ánimo subjetivo. A veces, incluso aprendemos a reconocer la felicidad (los momentos, los periodos de felicidad) cuando la hemos perdido.
Según Aristóteles la felicidad se consigue persiguiendo la bondad de nuestros actos y buscando la virtud en nuestro crecimiento como personas. La verdadera felicidad consiste en obrar el bien, en los demás y en nosotros mismos.
La felicidad individual es imposible si no es en el seno de una sociedad de hombres libres. No se puede ser feliz en una sociedad de hombres infelices a causa de la opresión, la explotación y la pobreza.
Desde el punto de vista ético –por decirlo de alguna manera- tenemos el deber de intentar ser felices (en la más amplia dimensión del término y sabiendo –repetimos - que la felicidad individual pasa por la felicidad de los demás).
Llegados al mismo punto que Pablo Neruda – el final de su vida- deberíamos poder decir, también nosotros, “confieso que he vivido”. Vivir, haber vivido, en esto consiste la felicidad. “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz… ¡Vida nada me debes! ¡Vida estamos en paz!” - que escribiera Amado Nervo.
Un mismo acontecimiento puede hacer a una persona feliz y a otra infeliz. Todo depende del estado de ánimo con el que estos se viven. También es una cuestión de carácter. Digamos que existe un cierta inclinación a ver “la botella medio llena o medio vacía”.
Ser felices o intentar serlo es también un compromiso con aquellos que nos aman.
Felicidad no significa ausencia de pena o dolor. La felicidad está en el cumplir con el deber y en amar lo que uno hace.  La felicidad está en el saber vivir. Su posibilidad va implícita en nuestra propia filosofía de la vida. Sin embargo es necesario intentar hacer explícito el camino que nos conduce a ella. No olvidemos que, como diría Kant, la felicidad es una idea de la imaginación a la que debemos darle contenido –porque por sí misma no lo tiene.
La Filosofía se encuentra en el camino de la búsqueda de la felicidad. La Filosofía puede cambiarnos la vida. Todos somos naturalmente filósofos, solo tenemos que ejercer lo que somos.

(Con este breve artículo -que no debe exceder de un límite establecido- inauguro mi colaboración con el periódico Los Andes de Mendoza, Argentina).

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