jueves, 3 de octubre de 2013

América Latina: utopía y realidad.

En el año 2000, en la Universidad Nacional Autónoma de Sonora (Hermosillo, México) presenté un trabajo titulado América Latina: utopía y realidad, cuyas conclusiones considero oportuno publicarlas aquí,ya que pueden dar lugar a debate -que es lo que este espacio pretende suscitar- :


Si partimos de las bases históricas del origen y fundación de América Latina, claves fundamentales para poder pensar sobre la cuestión que nos ocupa, no podemos menos que manifestar una gran perplejidad por los resultados históricos habidos en virtud de tan magna empresa. 
¿Cómo es posible que América Latina se encuentre en la situación actual si la comparamos con la realidad presente de la América anglosajona? 
¿La situación de postración en la que viven los pueblos de América Latina nos deben llevar a la conclusión de que nuestro proyecto histórico ha fracasado y que debemos plegarnos sin más al proyecto del Norte? 
¿Esto significa que la utopía fundacional no fue sino una quimera, una suerte de fábula macabra que nos condenó al infortunio de la pobreza, la dependencia y la dominación? 
Para responder a estas cuestiones debemos contextualizarlas en la actual coyuntura geopolítica de esta parte del planeta. 
Existen dos Américas: la de raíces mediterráneas, América Latina y la de raíces anglosajonas, Estados Unidos y Canadá, junto al enclave francófono de Québec. 
Tampoco América Latina es homogénea. Existe el Cono Sur, con población mayoritariamente europea, poca presencia del indígena y escaso mestizaje y el resto de América Latina, mayoritariamente mestiza e indígena, sin olvidar la fuerte presencia afroamericana en algunos países. 
Pero América Latina posee algunas características que se dan de manera constante en todos los países que la componen. En mayor o menos escala, podemos afirmar que nuestros males endémicos son: la pobreza, el retraso tecnológico, la escasa implantación de la democracia, la dependencia de los países ricos y la corrupción política y de las instituciones del estado. Todo esto agravado por un aumento de la delincuencia organizada y por tanto de la inseguridad ciudadana. 
En lo que parecía el continente del futuro también se ha dado la voz de alarma sobre los graves deterioros que está sufriendo nuestro entorno ecológico: la capa de ozono, la deforestación, el cambio climático, la contaminación de las megápolis, de los ríos y los mares, la adulteración de alimentos... 
Obviamente, la solución es política. Pero ¿cómo es posible emerger de la postración y el desencanto? La desconfianza en una clase política corrupta y totalmente ajena a los intereses de los ciudadanos es generalizada. No existen opciones y propuestas políticas capaces de ilusionar a los jóvenes, ni a los menos jóvenes. Descartando y abominando de las diversas reediciones del fascismo, con múltiples versiones populistas  y de las pseudo renovadas derechas neofascistas, nos quedarían algunos proyectos más o menos homologables con el socialismo democrático europeo, que por otra parte, tampoco es la panacea, ya que en algunos casos también ha aparecido el estigma de la corrupción.
Hace algunas décadas existió un proyecto coherente y generalizado de liberación de nuestro continente. Un auténtico proyecto revolucionario liderado por la filosofía política de Ernesto Guevara, pero como todos sabemos, este proyecto fue sofocado. Y en los términos bélicos que se planteó estaba el germen de su fracaso. Es verdad que a veces existe la tentación de defender la violencia como único medio de arrebatar el poder a los que nos dominan y gobiernan en contra de los intereses del pueblo, pero ya se ha demostrado la ineficacia política de este tipo de procedimientos, aún cuando pudieran justificarse como respuesta justa a la violencia institucionalizada. 
Pero también se extiende la sombra de la duda sobre la posibilidad del acceso al poder político de opciones progresistas y populares. No olvidemos la lección histórica del derrocamiento de Salvador Allende, cuyo proyecto político es plenamente vigente en la actual encrucijada. Como él mismo dijo: “Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente potencialmente rico, es un continente pobre, fundamentalmente por la explotación de que es víctima por parte del capital privado norteamericano..Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indicado por los padres de la patria, que soñaron la unidad latinoamericana para poder disponer de una voz continental frente al mundo”. He aquí una de las claves para continuar creando nuestra identidad política y evolucionar hacia el tipo de sociedad que nuestros pueblos se merecen. Éste es todo un reto en el siglo que se inicia. La unidad política latinoamericana, la unión de una comunidad de 500 millones de seres humanos con una lengua común y con una misma filosofía de la vida significará en las próximas décadas una aportación fundamental a la nueva sociedad planetaria que se está forjando. Uno de los peligros de la globalización es precisamente, entre otros, el de la pérdida de la identidad histórica y cultural de los pueblos más pobres y más colonizados. Globalización no puede ni debe ser sinónimo de dilución en el modo de vida del país imperialista del norte. 
No deberíamos integrarnos acríticamente en un modelo de civilización ya agotado. Atisbar salidas y soluciones en el oscuro horizonte inmediato es tarea fundamental que debe ocupar nuestra reflexión y nuestra praxis. Y en esta encrucijada de la humanidad, América Latina tiene algo que decir y algo que hacer. 
Si es importante en la actual coyuntura geopolítica, que, con todas las deficiencias y desaciertos, haya nacido la Unión Europea, como relativo factor de equilibrio y contrapunto a la todopoderosa Unión Americana del norte, la relevancia histórica, cultural, ética y política de la deseada unión latinoamericana será un factor decisivo en la construcción de la sociedad futura del planeta. 
En cualquier caso, la construcción de nuestra nueva sociedad justa y solidaria no podrá hacerse sobre las bases de las actuales prácticas políticas, que reproducen lo peor del perimido sistema de las democracias capitalistas del occidente rico. 
La causa de la pobreza y del creciente empobrecimiento de nuestras gentes, está en la injusta distribución de la riqueza, la corrupción y la explotación inmoral de los trabajadores y en última instancia del desarrollo de la cara más inhumana del sistema capitalista. El capitalismo sustenta la llamada sociedad del bienestar en Europa y América anglosajona, pero se nutre del expolio de los países dependientes, algunos de los cuales ya se encuentran postrados en la extrema pobreza (muchos de ellos en África, pero ya tenemos algunos ejemplos en nuestro continente: Haití, Bolivia, Paraguay...) 
En definitiva, y dada la imposibilidad material de extendernos más, nuestro reto histórico en el siglo que se inicia, es la solución de la lacra de la pobreza y de la enfermedad, del analfabetismo, del racismo, de la explotación y sumisión de la mujer, de la ecología y de la solución política. 
Éstos no son sólo problemas de América Latina, pero nosotros debemos hacernos cargo de ellos y resolverlos según nuestra propia filosofía. Pensar y realizar nuestro propio ser americano. 
El siglo que se inicia, será el siglo de los movimientos migratorios masivos. En Europa del Este, África y América Latina la miseria empuja a millones de personas a intentar vivir en el mundo rico. El dilema es la vida o la muerte. Prefieren arriesgar la vida (y muchos la pierden en el intento) en el estrecho de Gilbraltar o en el desierto de Arizona que morir de hambre en los países que los vieron nacer. 
Los pobres de la tierra asaltarán la dorada sociedad del bienestar del norte, que paradójicamente, por ejemplo en el caso de la Europa unida necesita actualmente 5 millones de inmigrantes para mantener su sistema productivo. 
Con el fin de la guerra fría se echaron las campanas al vuelo respecto de la conjuración del fantasma de una conflagración universal, pero si nos autocomplacemos en el actual sistema ético (o mejor, antiético), político y económico que impone el gran gendarme de la humanidad que es Estados Unidos, el desastre está servido. Pero nos resistimos a aceptar la premonición del fin de la historia y apostamos por el futuro de la humanidad. Desde nuestra realidad latinoamericana y europea mediterránea tenemos mucho que pensar, expresar y actuar.  
No queremos terminar sin hacer mención a la lengua, factor fundamental de unión y desarrollo. El castellano/español es la segunda lengua indoeuropea en el mundo con más de 500 millones de hablantes que la poseen como  lengua materna y en pocos años será la primera si atendemos al ritmo de crecimiento demográfico de nuestros países.
Debemos por tanto, evitar su deterioro y seguir trabajando por su homogenización conservando la riqueza de las variedades regionales. Es necesario alertar sobre la desnaturalización que se da en algunos países fuertemente colonizados, no sólo económicamente, sino culturalmente. Una cosa es aprender el inglés y otras lenguas con valor instrumental y otra es sentir complejo de inferioridad respecto de nuestra propia lengua. En algunos países de América Latina se llega al extremo de que en las familias de alto nivel económico se habla el inglés como signo de distinción en un efecto mimético con Estados Unidos. La contaminación lingüística es alarmante, tanto en el léxico como en la sintaxis.
No olvidemos que con la incesante penetración de americanismos no sólo desvirtuamos nuestra propia lengua sino que además se nos filtra su contenido. Y eso implica adoptar modos y estilos que no son nuestros y que dependen de otra filosofía de vida muy ajena a a nosotros. El lenguaje es un factor de colonización cultural de primer orden, pero también puede desempeñar un papel liberador. Defender nuestra lengua resulta clave en la consolidación de nuestro propio ser americano. 
Y precisamente con esta referencia al primordial valor transformador del lenguaje, podemos  concluir con unas palabras de Gabriel  García Márquez: “Ante esta realidad sobrecogedora que a través del tiempo debió parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida donde nadie pueda decidir por nosotros ni la forma de vivir ni la forma de morir, donde de veras sea posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.”


 © E. Agüero Mackern








2 comentarios:

  1. genial artículo agüero,

    como ya te comenté en por teléfono es importante recordar la memoria de los pueblos nativos de America del Sur y la colonización que estos sufren. Lugar común de la memoria desde el que poder avanzar hacia una gestión que destierre el caciquismo, un camino que emancipe de la colonización a la que se ven sometidos, y ahí, evidentemente juega un papel crucial el lenguaje ( regresamos de nuevo aquí a la capacidad ontológica del lenguaje ) como portador de memoria y sueños comunes.

    Quizás el único "pero..." es que la idea de la Union Europea no ha salvado con éxito el ensayo al que el tiempo la ha sometido y aquí estamos ahora algunos, mirando más allá del charco que nos separa con la esperanza de que desde allí nazca y crezca un nuevo socialismo que guie también a los pobres que ya no asaltan las fortalezas que construimos aquí , sino que ya malviven entre sus grietas.

    Educación y redistribución que hará llegar la justicia ya no solo para aquellos que la disfrutarán en el aquí y en el ahora , pero también a la memoria de aquellos otros a los que se les privó con la fuerza y la violencia.

    Un abrazo, álex

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  2. Respecto de la Unión Europea pienso que debería representar en el concierto político internacional lo que yo decía en ese momento (hace más de trece años). Lamentablemente, en la actualidad, se están traicionando los principios por los que fue creada y se está convirtiendo en una superestructura "gendarme" del poder económico global y del capitalismo internacional en su versión más dañina.

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