viernes, 1 de agosto de 2014

Filosofía y sabiduría.

La sabiduría. 

La etimología es bastante clara: philosophia, en griego, es el amor o la búsqueda de la sabiduría. Pero ¿qué es la sabiduría? ¿un saber? Éste es el sentido habitual de la palabra, tanto en los griegos (sophía) como en los latinos (sapientia), y es lo que la mayoría de los filósofos, desde Heráclito, han confirmado continuamente. Ciertamente, tanto para Platon como para Spinoza, tanto para los estoicos como para Descartes o Kant, tanto como para Epicuro como para Montaigne o Alain, la sabiduría tiene mucho que ver con el pensamiento, con la inteligencia, con el conocimiento, esto es, con determinado tipo de saber. Ahora bien, se trata de un saber muy particular, de un saber que ninguna ciencia expone, que ninguna demostración prueba, que ningún laboratorio puede comprobar o verificar, que ningún diploma acredita. Y es que no se trata de teoría, sino de práctica. No se trata de pruebas, sino de experiencia. No se trata de experimentos, sino de práctica. No se trata de ciencia, sino de vida.
En algunas ocasiones, los griegos opusieron la sabiduría teórica o contemplativa (sophia) a la sabiduría práctica (phronesis). Pero ambas son inseparables, o mejor dicho, la verdadera sabiduría sería su conjunción. La lengua francesa, que apenas las separa, lo expresa perfectamente. «Juzgar correctamente para obrar correctamente», decía Descartes, esto es la sabiduría. Es probable que unos estén mejor capacitados para la contemplación y otros para la acción. Pero ninguna facultad garantiza ser sabio: éstos deberán aprender a ver, aquéllos a querer. La inteligencia no basta. La cultura no basta. La habilidad no basta. «La sabiduría no puede ser ni una ciencia ni una técnica», subrayaba Aristóteles: se refiere menos a la verdad o a la eficacia que al bien, para sí mismo y para los demás. ¿Es un saber? Ciertamente. Pero un saber vivir.
Eso es lo que distingue a la sabiduría de la filosofía, que consistiría más bien en saber pensar. Pero la filosofía sólo tiene sentido en la medida en que nos acerca a la sabiduría: se trata de pensar correctamente para vivir rectamente, y sólo esto es.
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«El mal más contrario a la sabiduría -escribía Alain- es la estupidez». Esto nos dice, por oposición, hacia qué debemos tender: hacia una vida lo más inteligente posible. Pero la inteligencia no basta, los libros no bastan. ¿De qué sirve pensar tanto para vivir tan poco? ¡Cuánta inteligencia hay en las ciencias, en la economía, en la filosofía! Y cuánta estupidez suele haber en la vida de los científicos, de los hombres de negocios, de los filósofos... La inteligencia sólo se aproxima a la sabiduría en la medida en que transforma nuestra existencia, la ilumina, la guía. No se trata de inventar sistemas filosóficos. No basta con saber manejar conceptos; éstos son solamente medios. El fin, el único fin es pensar y vivir un poco mejor o no tan mal.
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¿Cómo he de vivir? Esta es la cuestión con la que la filosofía se enfrenta desde su mismo inicio. La respuesta sería la sabiduría, pero la sabiduría encarnada, vivida, en acto: corresponde a cada cual, inventar la suya. 
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¿Qué es la sabiduría? El máximo de felicidad en el máximo de lucidez. Es la vida buena, como decían los griegos, pero una vida humana o, dicho de otro modo, responsable y digna. ¿Gozar? Sin duda. ¿Alegrarse? Tanto como se pueda. Pero no de cualquier forma. Pero no a cualquier precio. «Todo lo que da gozo es bueno», decía Spinoza; pero no todos los goces son válidos. «Todo placer es un bien», decía Epicuro. Pero esto no significa que todos sean dignos de ser buscados, ni que todos sean aceptables. Por lo tanto, hemos de elegir, comparar las ventajas y desventajas, como decía también Epicuro, esto es, juzgar. Para esto sirve la sabiduría, para esto sirve también y por la misma razón, la filosofía. No se filosofa para pasar el tiempo, ni para lucirse, ni para juguetear con conceptos: se filosofa para salvar la piel y el alma.

La sabiduría es esta salvación, pero no en otra vida, sino en ésta. ¿Sómos capaces de acceder a ella? No completamente, sin duda. Pero ésta no es razón para renunciar a acercanos a ella. Nadie es completamente sabio, pero ¿quién puede resignarse a estar completamente loco?
Si quieres avanzar, decían los estoicos, has de saber a dónde vas. La sabiduría es el fin: la vida es el fin, pero una vida más feliz y más lúcida; la felicidad es el fin, pero una felicidad vivida en la verdad.

Pero no hagáis de la sabiduría un ideal más, que nos separe de la realidad. La sabiduría no es otra vida que hayamos de esperar o alcanzar. Es la verdad de esta vida que hemos de conocer y amar. ¿Por qué es digna de ser amada? No necesariamente, ni siempre. Pero para que lo sea.
«El signo más claro de la sabiduría -decía Montaigne- es un gozo constante; el estado que procura es como el de las cosas situadas más allá de la luna: siempre sereno». Asimismo, podría citar a Sócrates, a Epicuro («hemos de reír cuando filosofamos...»), a Descartes, a Spinoza, a Diderot, o a Alain... Todos ellos han dicho que la sabiduría está del lado del placer, del gozo, de la acción, del amor. Y que la suerte no basta.
El sabio no ama más la vida porque sea más feliz que nosotros. Es más feliz porque la ama más.
Nosotros, que no somos sabios, que no somos más que aprendices de la sabiduría, esto es, filósofos, todavía hemos de aprender a vivir, a pensar, a amar. Nunca se acaba de aprender, y por eso necesitamos siempre filosofar.
Esto implica necesariamente esfuerzo, pero también gozo. «En todas las demás ocupaciones -escribía Epicuro- el gozo sucede al trabajo realizado con esfuerzo; pero en

la filosofía, el placer marcha al mismo ritmo que el conocimiento: no es después de aprender cuando gozamos de lo que sabemos, sino que aprender y gozar van juntos».
Ten confianza: la verdad no es el final del camino, es el camino mismo

(1)  Fragmentos extraídos de: André Comte-Sponville. Invitación a la filosofía, Paidós, 2002 Capítulo 12

2 comentarios:

  1. Otro texto que se comentará en la próxima reunión del grupo (comunidad filosófica).

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  2. ¡ que texto más bello !

    En una lectura rápida me quedo con la fatalidad contemporánea que enlaza la sabiduría a la verdad científica ....supongo la perversion comenzó cuando sustituimos al hombre prudente por el pícaro .

    Un abrazo.

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